Como ya comentó Tourist en su crónica de Amy Winehouse en Rock In Rio, la nueva diva del soul causó gran expectación e incertidumbre hasta el último minuto en el tercer día de Rock In Rio en Madrid. Pero su presencia en el festival dió para mucho más que contar. Os dejo una nueva visión del concierto vivido a escasos metros de la artista. Con el tiempo justo y en vuelo privado desde Torrejón, causando seguramente varias úlceras a más de uno de la organización, apareció con puntualidad británica en el escenario. Acalló en un instante todos los rumores previos de anulación del concierto y revolucionó como ningún artista anterior a toda la prensa gráfica que nos encontrábamos allí. Apareció luciendo tatoos y con un ajustado y escotado mini vestido de leopardo amarillo chillón, desafiando así la superstición escénica de utiizar ese color, y arrancando la ovación de todos los que estábamos allí. La mayoría de sus fans, excépticos de ver que realmente había aparecido, y optimistas ante su concierto, porque su aspecto era mucho mejor con diferencia, que el ofrecido en la pasada edición de Rock In Rio en Lisboa. Sin decir ni hola, comenzó irónicamente con Addicted, seguida de Just Friends. Haciendo honor a su nombre apellido no se separó de una copa de vino que le sirvieron en el tercer tema, de la que bebió sin prisa pero sin pausa, que fué contínuamente rellenada durante el concierto, y con la que hacía
contínuos ejercicios de equilibrismo cada vez que se agachaba para dejarla en el suelo. Hay que decir que estaba un poco tocada de voz y entonación en algunos temas, debido a sus problemas de salud a causa del excesivo consumo crack y alcohol. Pero la magnífica banda que le acompañaba en el escenario, era la encargada de cubrir estas carencias vocales. Cuarto tema y cambio de cazaldo para intentar mantener así su perdido equilibrio, que le impedía coger con facilidad la guitarra. Continuó un concierto que no llegó a la hora completa con Cupid y siguió con un repaso de de su mínima, pero venerada discografía: Frank y Back To Black. Los únicos movimientos de Amy eran sus ligeros, pero contínuos tambaleos aferrada fuertemente al micro, y a su vestido, que subía contínuamente dejando ver sus delgadas piernas. Verla desde el foso del escenario, a escasos metros, y sin exagerar, generaba cierta angustia. Un sudor sospechoso en su cara, su inestabilidad y las ocasiones en que llevaba sus manos a su nariz y a su frente, no hacían presagiar nada bueno, pero aún así no dió el espectáculo lamentable de Rock In Rio en Lisboa. La puesta en escena muy motown, retro soul, y puro R&B, acompañada de una buenísima banda, y una pareja de bailarines que hacían los coros, dando el toque “animado” a una actuación fría, correcta en su ejecución vocal, porque sentimiento, la verdad, muy poquito, rozando casi la gelidez emocional. Y es que el cuerpo de Amy estaba allí, pero su mente estaba muy lejos de Rock In Río, se reflejaba en su mirada totalmente ausente y perdida. Y llegó el momento que se suponía culmen
del concierto. Comenzaban los primeros acordes de Rehalf y la gente se venía arriba, pero sonó ligeramente apagada y resultaba más irónica que nunca, y la verdad es que se esperaba mucho más de ella, pero ella no podía dar más…Y se fué igual que llegó, sin un hola, ni media palabra durante el concierto, sin un adios, cosa que algunos de sus fans no perdonaron. Dicen que la altura de su tupé es proporcional a su estado de ánimo, a más volumen y altura, mayor depresión o inseguridad, y ayer la cosa estaba clara… pero, a pesar de todo ha sido toda una suerte y un privilegio, haber visto a Amy Winehouse, quien con tan sólo 24 años, se acerca a ser la reencarnación de Aretha Franklin y ya es casi ya una leyenda, aunque lo sea tristemente por estar envuelta, y rodeada, siempre de escándalos y excesos. Nada más terminar su concierto cogió un vuelo privado, según dicen las malas lenguas, directa al hospital…
Fotografía: Luz Caño
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